26 noviembre, 2011

Lygia Fagundes Telles (Brasil,1923)




Herbarium

Todas las mañanas yo tomaba la cesta y me hundía en el bosque, temblando entera de pasión cuando descubría alguna hoja rara. Era miedosa pero arriesgaba pies y manos entre espinos, hormigueros y cuevas de bichos (¿armadillo? ¿culebra?) buscando la hoja más difícil, aquella que él examinaría detenidamente: la elegida iba para el álbum de tapa negra. Más tarde, formaría parte del herbario: tenía en casa un herbario con casi dos mil especies de plantas. "¿Ya viste un herbario?", él quiso saber.


Herbarium, me enseñó luego el primer día en que llegó a la hacienda. Me quedé repitiendo la palabra: herbarium. Herbarium. dijo aún que apreciar la botánica era apreciar el latín, porque casi todo el reino vegetal tenía nombres latinos. Yo detestaba el latín, pero fui corriendo a localizar la gramática color ladrillo escondida en el último anaquel del armario. Aprendí de memoria la frase que me pareció más fácil y en la primera oportunidad señalé la hormiga saúva subiendo la pared: formica bestiola est. El se quedó mirándome. La hormiga es un insecto, me apresuré a traducir. Entonces él se rió con la risa más sabrosa de toda la temporada. Me quedé riendo también, confundida pero contenta: al menos me encontraba alguna gracia.


Un vago primo botánico convaleciendo de una vaga enfermedad. ¿Qué enfermedad era ésa que lo hacía tambalear, verdoso y húmedo, cuando subía rápidamente la escalera o cuando andaba más tiempo por la casa?


Dejé de comerme las uñas, para asombro de mi madre que ya había hecho amenazas de cortes de mesadas o prohibición de fiestas en el club de la ciudad. Sin resultado. "Si lo cuento, nadie lo va a creer", dijo cuando vio que yo restregaba en serio el pimiento rojo en las puntas de los dedos. Puse cara de inocente: la víspera, él me había advertido que yo podía llegar a ser una muchacha de manos feas. "¿Aun no pensaste en eso?" Nunca había pensado antes, nunca me importaron mis manos, pero en el instante en que él hizo la pregunta empecé a importarme. ¿Y si un día ellas fueses despreciadas como las hojas defectuosas? O triviales. Dejé de comerme las uñas y dejé de mentir. O mentir menos. Más de una vez me habló del horror que tenía por todo cuanto olía a falsedad, escamoteo. Estábamos sentados en la terraza. El seleccionaba las hojas, pesadas aún de rocío, cuando me preguntó si ya había oído hablar de hojas persistentes. ¿No? Alisaba el blando terciopelo de una malva-manzana. Su fisonomía se tornó blanda cuando amasó la hoja en los dedos y sintió su perfume. Las hojas persistentes duraban hasta tres años pero las que caían, amarilleaban y se despegaban al soplo del primer viento. Así la mentira, la hoja efímera que podía perecer tan brillante pero de vida breve. Cuando mentiroso mirase hacia atrás vería al final de todo un árbol desnudo. Seco. Pero los sinceros, ésos tendrían un árbol susurrante, lleno de pajaritos -y abrió las manos para imitar el golpear de hojas y alas. Cerré las mías. Cerré la boca como brasa ahora que los muñones de las uñas (ya crecidas) eran tentación y punición mayor. Podía decirle que justamente por considerarme sin valor necesitaba cubrirme de mentira, como se cubre una con capa fulgurante. Decirle que ante él, más que ante los demás, tenía que inventar y fantasear para obligarlo a demorarse en mí como se demoraba ahora en la verbena- ¿será que no advertía esa cosa tan sencilla?


Llegó a la hacienda con sus pantalones anchos de franela ceniza y un suéter grueso de lana tejida en trenza. Era invierno. Y era de noche. Mi madre había quemado incienso (era viernes) y preparó la Habitación del Jorobado; corría en la familia la historia de un jorobado que se perdió en el bosque y a quien me bisabuela instaló en aquel cuarto que era el más caliente de la casa. No podía haber mejor sitio para un jorobado perdido o para un primo convaleciente. ¿Convaleciente de qué? ¿Qué enfermedad tenía? Tía Marita, que era muy alegre y le gustaba pintarse, contestó riéndose (hablaba riéndose) que nuestros tecitos y buenos aires hacían milagros. Tía Clotilde, embutida, reticente dio aquélla su respuesta que servía a cualquier tipo de cuestión: todo en la vida podía alterarse, menos el destino trazado en la mano. Ella sabía leer las manos. "Va a dormir como una piedra" -cuchicheó tía Marita cuando me pidió que le llevara el te de tilo. Lo encontré recostado en el sillón, la manta escocesa cubriéndole las piernas. Aspiró el te. Y me miró: "¿Quieres ser mi ayudante?"-, preguntó soplando el humo. "El insomnio me agarró por la pierna, no estoy en forma, necesito que me ayudes. La tarea consiste en recoger hojas para mi colección, ve juntando lo que te parezca y después yo las selecciono. Por ahora, no puedo moverme mucho, tendrás que ir sola"-, dijo y desvió la mirada húmeda par ala hoja que flotaba en la taza. sus manos temblaban tanto que el te se desbordó en platillo. Es el frío, pensé. Pero siguieron temblando al día siguiente que hizo sol, amarillas como los esqueletos de hierbas que yo buscaba en el bosque y quemaba en la llama de la candela. Pero ¿qué es lo que tiene? pregunté, y mi madre contestó que, aunque lo supiera,no lo diría. Venía de un tiempo en que toda enfermedad era asunto íntimo.


Yo mentía siempre, con o sin motivo. Mentía principalmente a tía Marita, que era bastante tonta. Menos a mi madre, porque tenía miedo de Dios, y menos aún a tía Clotilde, que era medio hechicera y sabía ver al envés de las personas. Si se daba la ocasión, yo me metía por los caminos más imprevistos, sin el menor cálculo de vuelta. Todo al acaso. Pero, poco a poco, delante de él, mi mentira empezó a ser dirigida con un objetivo cierto. Sería más simple, por ejemplo, decir que cogí el abedul cerca del arroyo, donde estaba el espino. Pero era necesario hacer rendir el instante en que él se detenía en mí, ocuparlo antes de ser puesta de lado como las hojas sin interés, amontonadas en el cesto. Entonces ramificaba peligros, exageraba dificultades, inventaba historias que alargaban la mentira. Hasta ser destruida con un rápido golpe de mirada, no con palabras, sino con la mirada de él hacia la hiedra verde -rodar enmudecida mientras mi cara se tenía de rojo- la sangre de la hiedra.


"-Ahora vas a contarme bien cómo ha sido"-, pedía él tranquilamente, tocando mi cabeza. Su mirada transparente. Derecha. Quería la verdad. y la verdad era tan sin atractivos como la hoja del rosal. Le expliqué eso: creo la verdad tan trivial como esta hoja. El me dio la lupa y abrió la hoja en la palma de la mano: "Ve entonces de cerca". No miré la hoja, ¿qué me importaba la hoja? sino su piel ligeramente húmeda, blanca como papel, con su misterioso enmarañado de líneas, reventando aquí y allí en estrellas. Fui recorriendo las crestas y depresiones, ¿dónde estaba el comienzo?, ¿O el fin? Detuve la lupa en un terreno de líneas tan disciplinadas que por ellas debía pasar el arado. ¡Ay!, qué ganas de recostar mi cabeza en ese suelo. Alejé la hoja, quería ver apenas los caminos. ¿Qué significa este cruce', pregunté y él me tiró de los cabellos: ¿"Tú también, niña?"


En las cartas de la baraja, tía Clotilde ya le había revelado el pasado y el presente. "Y más cosas revelaría"-, añadió él guardando la lupa en el bolsillo del delantal blanco; a veces se ponía un delantal. ¿Qué previó ella? Vaya, tantas cosas. Lo más importante, solo eso que el fin de semana vendría una amiga a buscarlo, una muchacha muy bonita, podría hasta ve el color de su vestido de talla anticuada, verde-musgo. Los cabellos eran largos, con reflejos de cobre, tan fuerte el reflejo en la palma de la mano.


Una hormiga roja entró en la grieta del enlozado y se fue con su trozo de hoja, velero perdido soplado por el viento. Soplé yo también. ¡La hormiga es un insecto!, grité, las piernas flexionadas, pendientes los brazos hacia delante y atrás en el movimiento del mono, ¡hi! ¡hi!; ¡hu! ¡hu!; ¡hi! ¡hi!; ¡hu! ¡hu!; ¡es un insecto!; ¡un insecto!, repetí, rodando por el suelo.



Novelista y cuentista, nació el 19 de abril de 1923, en São Paulo, Brasil. Licenciada en derecho, desde muy temprano dejó la carrera jurídica para dedicarse a la literatura. Su obra revela una preocupación con la fragmentación de la moral burguesa. Miembro de la Academia Brasileña de Letras.
Entre sus obras pueden citarse: Verano en el acuario (1963), Antes del baile verde (1970), Las niñas(1973), La disciplina del amor (1980), Las horas nuestras (1989), Una noche oscura y más allá (1995),Lygia Fagundes Telles: mejores cuentos y Otros cuentos de amor (1997).



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