05 diciembre, 2008

Armonía Somers(URUGUAY,1914-1994)


El hombre del túnel
.................................Cuento para confesar y morir

Iba saliendo de aquel maldito caño —un tubo de cemento de no más de cincuenta centímetros de diámetro en el que había tenido el coraje de meterme para atravesar la carretera— cuando lo conocí. Contaba entonces siete años. Eso explicará por qué, si es que se puede cruzar normalmente una senda, alguien pensara en la angosta alcantarilla como vía. Y que todo el sacrificio de aquel pasaje inaudito, agravado por la curva de la bóveda, fuese para nada, absolutamente para y por nada.
Reptando a duras penas, oliendo con todos los poros el vaho pútrido de la resaca adherida a la superficie, logré alcanzar la mitad del tubo. Fue en ese preciso punto de caramelo de la idiotez cuando sucedieron varias cosas, una de ellas completamente subjetiva: el pensar que pudiera aparecerse de golpe algo terrorífico, desde víbora a araña, siendo imposible el giro completo del cuerpo, y debiéndose imaginar la marcha atrás como una persecución frontal por el monstruo. Entonces, y ya instaurada para siempre la desgracia de la claustrofobia, se advirtieron estos dos leves indicios compensatorios: ver aproximarse cada vez más la boca del caño a la punta de mi lengua y vislumbrar los pies de un hombre, al parecer sentado sobre la hierba, según la posición de sus zapatos.
Es claro que ni por un momento caí en pensar que era yo quien había estado buceando hacia todo, sino que las cosas se vendrían de por sí, a fuerza de tanto desearlas. (Dios, yo nunca te tuve, al menos bajo esa forma de cómoda argolla de donde prenderse en casos extremos, ni siquiera como la cancelación provisoria del miedo). Así, solamente asistida por una imagen circular y dos pies desconocidos, fue cómo llegué a la boca de la alcantarilla, hecha una rana bogando en seco, y exploré la cosa.
El hombre de las suelas, gruesas y claveteadas en forma burda, estaba sentado, efectivamente. Pero no sobre la hierba, sino en una piedra. Vestía de oscuro, llevaba un bigote caído de retrato antiguo y tenia una ramita verde en la mano.
Mi salida del agujero no pareció sorprenderlo. Aun sin sacar todo el cuerpo, respirando fatigosamente y tatuada por la mugre del caño, debí parecerle un gusano del estiércol que va a tentar suerte al aire de los otros bichos. Pero él no hizo preguntas, no molestó con los famosos cómo te llamas ni cuántos años con que a uno lo rematan cuando es chico, y que tantas veces no habrá mas remedio que contestar mostrando la retaguardia en un gesto típico. Si acaso intentó algo fue sonreír. Pero con una sonrisa de miel que se desborda. Y elaborada al mismo tiempo con los desechos de su propia soledad, quizás de su propio túnel, como siempre que la ternura se quede virgen en esta extraña tierra del desencuentro.
Entonces yo emergí del todo. Es decir, me incorporé enfrentándolo. De nuevo volvió él a echarme por encima aquel baño total de asentimiento, una especie de connivencia en la locura que me caló hasta los tiernos huesos.
Nadie en la vida había sido capaz de sonreírme en tal forma, debí pensar, no sólo completamente para mi tal una golosina barata cualquiera, sino como si se desplegase un arcoiris privado en un mundo vacío. Y casi alcancé a retribuírselo. Pero de pronto ocurre que uno es el hijo de la gran precaución. Hombre raro. Policía arrestando vagos. Nunca. Cuidado. Eran unas lacónicas expresiones de diccionario básico, pero que se las traían, como pequeños clavos con la punta hundida en la masa cerebral y las cabezas afuera haciendo de antenas en todas las direcciones del riesgo. Malbarate, pues, el homenaje en cierne y salí a todo correr, cuanto me permitió e! temblequeo de piernas.
El relato, balbuceado en medio de la fiebre en que caí estúpidamente, se repitió con demasía. Y así, sin que nadie se diera cuenta de lo que se estaba haciendo, me enseñaron que había en este mundo una cosa llamada violación. Algo terrorífico, según se lograba colegir viendo el asco pegado a las caras como las moscas en la basura. Pero que si, de acuerdo con mi propia versión del suceso, podría provenir de aquel hombre distinto que había sonreído para mi desde la piedra, debía ser otra historia. Violación, hombre dulce. Algo muy sucio de lo que ellos estarían de vuelta. Pero sin que nada tuviese que ver con mi asunto, divisible solamente por la unidad o sí mismo, como esos números anárquicos de la matemática elemental que no se dejan intervenir por otros. Tanto que supuse que violar a una niña sería como llevársela sobre un colchón de nubes, por encima de la tierra suspicaz, a un enorme granero celeste sin techo ni paredes. Y a estarse luego a lo que sucediera.
Así fue cómo la imagen inédita de mi hombre permaneció inconexa, tierna y desentendida de todo el enredo humano que había provocado. Detuvieron a unos cuantos vagabundos, y nada. Mi descripción no coincidía nunca con harapos, piojos, pelo largo, dientes amarillos. Hasta que un día decidí no hablar más. Me di cuenta de que eran unos idiotas crónicos, pobres palurdos sin aventura, incapaces de merecer la gracia de un ángel que nos asiste al salir del caño. Y todo quedó tranquilo. Pero eso no fue sino el prólogo. Él reapareció muchas veces, se diría que siete, las suficientes para una completa terrenidad. Y aquí comienza la verdadera historia. El hombre de la acera de enfrente. El único que asistió a mi muerte. La revelación final del vacío.
Yo vivía entonces en una buhardilla. La había elegido por no tener nada encima ni a los costados, una especie de liberación inconsciente del túnel, por si esto fuera saber sicoanalizarse. Una vez, luego de cierta enfermedad bastante larga, abrí la ventana para regar unas macetas y lo vi. Si, lo vi, y era el mismo. Con tantos años más encima, y no había cambiado ni de edad, ni de traje, ni siquiera de estilo en el bigote. Se hallaba parado junto a una columna y, aunque nadie pudiese creerlo, tenia la misma ramita verde de diez o doce anos atrás en la mano. Entonces yo pensé: esta vez será mío. Sólo que su imagen no tendrá profanadores, no irá a caer en los sucios anales del delito común, al menos siendo yo quien lo entregue... En ese preciso golpe mental de mi pensamiento, él levantó la cabeza, desde luego que reconociéndome, y volvió a sonreírme como en la boca del túnel. (Dios mío, haz que no se pierda de nuevo —dije agarrándome de la famosa argolla del ruego—. Otros tantos años después del después no serían lo mismo. Sólo tiempo de bajar a decirle que yo no lo acusé. Y no únicamente eso, sino todo lo demás, las dulces historias que su presunta violación había sido capaz de provocar más tarde, en toda soledad que Tú desparramases bajo el cielo, cuando las horas eran propicias y las uvas maduraban en sus auténticos veranos...).
Tomé el teléfono y marqué el número del negocio vecino al lugar donde él había reaparecido.
—Perdone —dije contrariando mi repugnancia a este tipo de humillaciones— habla la estudiante que vive en el último piso de enfrente...
—Bueno, usted no lo podría comprender. Quiero, simplemente, que salga y diga a ese hombre vestido de oscuro y con una ramita en la mano que está junto a la columna, que la muchacha que regaba las macetas es aquella misma chiquilla del túnel. Y que ya baja a encontrarlo, que no vaya a perderse de nuevo a causa de los cinco pisos que deberá hacer para reunírsele. ¡Corra, se lo suplico!
—Nada más. ¿eh? — se atrevió a preguntar el tipo.
—Vaya de una vez —le ordené con una voz que no parecía salir de mis registros— lo espero sin cortar. ¡Es que ya no podrían pasar de nuevo los mismos años, nunca es el mismo tiempo el que pasa!
Mis incoherencias, la locura con que le estaría machacando el oído, lo hicieron salir a la calle. Le observé mirar hacia el punto preciso que yo había indicado, mover la cabeza negando, y aumentar después el área de reconocimiento. Al cabo de unos segundos, y mientras yo veía aún al forastero en la misma actitud, volvió con está estúpida rendición de noticias:
—Oiga, ¿por qué no se guarda las bromas para otro? Junto a la columna no hay ningún tipo, ni nada que se le parezca. Esto no es un episodio del hombre invisible, qué diablos...
—¡Bromas las que quiere hacer usted, no yo —le grité histéricamente— está aún ahí, lo sigo viendo!
—Eso si no agarró las de Villadiego al ver que yo o usted lo habíamos pescado a punto de robarse mi bicicleta, ¿no?
—¡Cállese, pedazo de bruto!
—O las de cruzar la calle, no más —agregó tomándose confianza— para trepar de cuatro en cuatro a su altillito... Porque yo siempre pienso que usted duerme ahí demasiado sola y que cualquiera seria capaz de ir a acompañarla con gusto...
Le corté el chorro sinfín de la estupidez con que amenazaba inundar el mundo. Y hasta descubrir quién sabría que conexiones secretas con los demás, los de aquel tiempo que se me había ido perdiendo entre uno y otro año nuevo, llevándose sus caras. Por breves minutos de marcha atrás, volví a sentir mí aire abanicado por sus alientos, algunos como el del parto de las flores, pero otros tan iguales al de esas mismas flores cuando se pudren, que casi hubiera sobornado a la muerte para que se los arrastrara de nuevo.
Fue entonces cuando comprendí que jamás, en adelante, debería comunicar a nadie mi mensaje. Todo era capaz de quedar injuriado en el trayecto por el puente que ellos me tendían. Y en forma vaga llegué a intuir que ni yo misma estaría libre de caer en sus tabulaciones, que era necesario liberar también al hombre de mí propio favor simbólico, tan basto como el de cualquiera.
Cerrado, pues, el trato definitivo, y mientras él seguía en la misma actitud de contemplación, sin enterarse siquiera de que el dueño de la bicicleta la sacaba del apoyo de la columna llevándosela al interior de la tienda, yo salí como una sonámbula hacia la escalera.
Iría, quizás, hablando sola, o contraviniendo la velocidad normal, o en ambas cosas a la vez, cuando la mujer de color indefinido que subía resoplando con un bolso lleno de provisiones en la mano, se interpuso en mí camino. Ya antes de pretender su prioridad, se me había hecho presente con un olor como de escoba mojada con que traía inundado el pasillo. La estaba imaginando en una pata, yéndose a la oscuridad de la rinconera a colgarse sola por una argollita de hilo sucio que ella misma se habría atado en la ranura del cuello, cuando persistió en tomarse toda la anchura del pasaje. Luchábamos por el espacio vital, sin palabras, a puro instinto de conservar lo más caro, ella su vocación de estropajo, yo la boca del túnel donde iba a hallar de nuevo algo que me pertenecía, cuando no tuve mas remedio que empujar. Si, empujar, qué otra cosa. Dos veces no va uno a dejarse interferir por nadie, mientras hace equilibrios en la cuerda tirante del destino sobre las pequeñas cabezas de los que miran de abajo.
Y llegó ella primero que yo, es claro. Cuando la volví a ver en el último descanso, mirándome fijamente con dos ojos de vidrio entre el desparramo de sus hortalizas, ya era tarde. El hombre había desaparecido. No diré que para siempre. Mas su periodicidad, contándose desde mi violación a mi primer crimen, luego a las otras menudencias de las que él fue también principal testigo, y en las que siempre los demás actuaban de desencadenantes, me llevó pedazos de la pobre vida que nos han dado. Es que uno merodea por años alrededor de ese algo que nos van a quitar, y luego hasta tiene valor para esperar a que el vino se ponga viejo. Así, cuando mucho tiempo después cambié las escaleras por ascensor automático, y nadie supo en el piso de dónde venia la mudanza, casi llegué a saludar a una mujer parecida a mí que se echaba hacia airas los cabellos en un espejo del pasillo. Dios mío, iba a decir ya como alguna otra vez en las apuradas. Pero recordé de pronto el peor y el mejor de mis trabajos, aquel de quitarte limpiamente su hombre a una prójima desconocida. Y decidí que mi pelo ya desvitalizado era una cosa de poca monta para andar a los golpes en la última puerta en busca de lástima.
Hasta que cierto atardecer lluvioso, no podría decir cuánto tiempo después, el hombre del túnel volvió a aparecer en esa y no otra acera de enfrente, con el olfato de un perro maníaco que anduviera de por vida tras la pieza. Entonces yo decidí que nada en este mundo podría impedirme ya que me precipitase a su encuentro definitivo. Estaba así, sin intermediarios de ninguna especie, apretando el botón de la jaula, cuando vi recostada a la parad la escalera de emergencia.
—Eso es, lo de siempre —farfullé— la atracción invencible del caño, aunque la senda normal sea ahora ésta que va y viene verticalmente con su incuestionable eficacia propia.
De pronto, y mientras la puerta del ascensor se abría de por si como un sexo acostumbrado, el pasamanos grasiento de la escalera se me volvió a insinuar con la sugestión de un fauno tras los árboles. El minuto justo para cerrarse la puerta de nuevo. Y yo hacia atrás de la memoria, cabalgando en los pasamanos tal como alguien debió inventarios para los incipientes orgasmos, que después se apoderan de las entrañas en sazón, hasta terminar achicándose en los climaterios como trapo quemado.
—¡Si! —grité de golpe, completamente libre ya de toda carga, incluso la de los otros, que también soportan lo suyo encima.
Aquel si colgado del vacío, sin más significación que la de su arrasamiento, se quedó unos instantes girando en el aire de la caja con otros si más pequeños que le habían salido de todo el cuerpo y me acompañaron hasta la puerta. Crucé luego la calle con el mismo vértigo con que había cabalgado la escalera, ajena a la intención de las ruedas que se me venían como si el mundo entero hubiese enfilado sus carros en busca de mis vísceras. Yo estaba sorda y ciega a todo lo que no fuera mí objetivo, el abrazo consustancial del hombre de la ramita verde que seguía parado allí, sin edad, omiso ante la obligación de correr como un loco detrás del tiempo. Fue entonces cuando pude ver fugazmente cómo el violador de criaturas, el ladrón, el asesino, el que codicia lo que no le fue dado, y el todo lo demás que puede ser quien ha nacido, abría los brazos hacia mí. Pero en una protección que no se alcanza si las ruedas de un vehículo llegaron primero. Lo vi tanto y tan poco que no puedo describirlo. Era como un paisaje tras los vidrios del tren expreso, con detalles que nunca se conocerán, pero que igualmente aterciopelan la piel o la erizan de punta a punta.
—Gracias por la invención de las siete caídas —alcancé a decirle viendo rodar mi lengua como una flor monopétala sobre el pavimento.
Entré así otra vez en el túnel. Un agujero negro bárbaramente excavado en la roca infinita. Y a sus innumerables salidas, siempre una piedra puesta de través cerca de la boca. Pero ya sin el hombre. O la consagración del absoluto y desesperado vacío.

De La calle del viento norte
en Todos los cuentos 1953 - 1967 (Colección Narradores de Arca - Mayo 1967 )
Armonía Somers era el seudónimo de Armonía Liropeya Etchepare Locino nacida un 7 de octubre de 1914 en Pando y desaparecida un 1 de marzo de 1994 en Montevideo donde recidía. Fue escritora y pedagoga de Uruguay.Acerca de los exactos datos de la vida de esta autora se han forjado varias leyendas. Ella misma, en vida suya, contribuyó a crearlas y divulgarlas. Así, por ejemplo, se encontrarán distintas fechas para su nacimiento en diversas historias de la literatura y enciclopedias, que van desde el año 1914 hasta el de 1930. Asimismo, el seudónimo elegido por ella, "Armonía Somers", se debe por un lado a un deseo —comprensible en el marco de la sociedad
puritana de entonces— de velar, al menos en un principio, la identidad verdadera de quien en 1950 publicó una novela erótica, La mujer desnuda. Por esto, muchos la atribuían a un autor hombre o bien a un grupo de escritores vanguardistas. Todavía en 1976 se hablaba del "hondo misterio que la envuelve como una segunda piel" (Fressia/García Rey: 21) y en 1986 Miguel Ángel Campodónico escribe de "esa Armonía Somers que se ha ocultado obsesivamente a la mirada indiscreta de los demás" (Homenaje: 46). Parece que casi siempre trató de evitar que se le tomaran fotos. No fue hasta poco antes de su muerte que la autora permitió a algunas personas consultar los documentos oficiales; según éstos, Álvaro J. Risso pudo configurar su cronología ("Un retrato para Armonía: cronología y bibliografía", en Cosse, 1990).



Si se toma en cuenta el esquema generacional, Armonía Somers, por su fecha de nacimiento, pertenecería a la llamada Generación del 45 de la literatura uruguaya. Sin embargo, se le puede considerar, como escribe García Rey (p. 101), "como una de esas excepciones que niegan o justifican el valor último de este criterio que, con tanto ahínco, se cuestiona hoy [...] al pasar revista a ese ser generacional —a sus temas, sus predilecciones, sus problemas— encontramos algo más que divergencias; hay, en verdad, un desentendimiento casi completo en relación a las obsesiones que tipifican la obra de esta escritora y aquellas por las que se inclina el resto del grupo." Algunos la consideran, por esto, como el "lobo estepario de la generación del 45" (cf. Campodónico: "Homenaje a Armonía Somers", p.45). Por esto, en Cien autores del Uruguay se dice que Armonía Somers se adelantó a la generación a la que pertenecería por nacimiento y, por su orientación artística, tiene más en común con la siguiente "Generación de la Crisis". Algunos la clasifican, junto con Juan Carlos Onetti, dentro de lo que Ángel Rama llamaría la "literatura imaginativa" que rompió con los moldes de la literatura realista. Hay una larga discusión sobre si la obra de Somers pertenece a la literatura fantástica o no; en todo caso, la atmósfera macabra de sus textos impregnados de violencia y erotismo, así como su estructura fragmentaria y los elementos intertextuales que contienen, hacen que la lectura de sus novelas y cuentos no sea fácil. Su escritura es innovadora, subversiva e irreverente, pero al mismo tiempo contiene elementos arquetípicos y alegóricos, alusiones a la Biblia y elementos oníricos y surrealistas.

Novelas
La mujer desnuda. Montevideo 1950
De miedo en miedo. Montevideo 1965
Un retrato para Dickens. Montevideo 1969
Sólo los elefantes encuentran mandrágora. Buenos Aires 1986

Cuentos y novelas cortas
El derrumbamiento. Montevideo 1953
La calle del viento Norte y otros cuentos. Montevideo 1963
Todos los cuentos, 1953-1967. Montevideo 1967 (2 tomos)
Muerte por alacrán. Buenos Aires 1978
Tríptico darwiniano. Montevideo 1982
Viaje al corazón del día. Montevideo 1986
La rebelión de la flor. Montevideo 1988
El hacedor de girasoles. Montevideo 1994

22 octubre, 2008

Poldy Bird

TODO LO NOMBRA TU NOMBRE


Porque ella usaba zapatitos de charol con medias blancas, porque se tentaba de risa,
porque siempre se comía las uñas,
y nunca las tuvo largas ni pintadas de rojo, porque era mi chiquitita desde chiquitita,
pero nunca conocí una madre, tan madre para criar a su hijo, porque se teñía nuevamente de negro las remeras negras descoloridas,
porque era mi princesa,
pero no le pude hacer ningún regalo costoso en estos últimos años,
porque viajaba en colectivo, ella que nunca había salido sin viajar en auto,
porque tuvo que cuidarme un mes en terapia intensiva,
y se aterrorizó cuando me operaron del corazón,
porque creo que se murió por tanto miedo de que me muriera,
porque no tenía faltas de ortografía y era la mejor editora que conocí,
porque era ocurrente y sagaz
porque era tan linda
porque nunca dejó de luchar
porque es mi princesa
porque a nada quise mas que a ella,
porque no querré a nadie como la quiero,
porque no teníamos que hablar para decirnos las cosas,
porque quiero que vuelva,
porque quiero irme con ella,
porque todo el mundo y todo en el alma tiene su nombre
y es el único nombre que todo lo nombra
Verónica
Y es el misterio que mantiene las estrellas encendidas.

de "Tan amada".

18 octubre, 2008

Susana Szwarc(Argentina, 1954)


Sobre jazmines de Susana Szwarc


Que a muchos, a muchas, nos gusten los jazmines es cosa conocida. Sin embargo le regalé jazmines a la vecina de andén y una de sus hijas dijo: “qué olor asqueroso”. Desde ese día esa nena me cae horrible, de tanto hacer como que no la veo, no la veo. El clima con los vecinos quedó tenso, ni frío ni calor, nunca.

Te decía, intentaba no fumar, no queda otra, a veces, que adherirse a las modas. Mucha gente había dejado de fumar y encontrar colillas se estaba volviendo difícil. Me enteré de un curso gratuito y me anoté. Tuvimos que escribir por qué dejaríamos de fumar. Pensé, pensé, es decir di vueltas de un lado a otro de la vereda, bajé y subí las escaleras del subte montones de veces y no encontraba un motivo completamente válido. Hasta que encontré dos. Pero el que me pareció de verdadera importancia fue, y así lo dije en el curso: sería capaz de delatar por ausencia de colillas.

Creo que no captaron ni el médico ni los compañeros del curso la seriedad de mi frase porque se rieron como si hubiera contado, yo, un buen chiste. Me gustó que rieran. Cuando contaba un chiste no obtenía la risa de los demás pero la cuestión es que había llegado la época de los jazmines. Miraba los ramos, los olía –sin olvidar la frase de la vecinita –y después, despacio –sin que me vieran- sacaba un pedazo de pétalo y lo mascaba como a un chicle, lo tragaba como a un caramelo. Me entretenía de tal manera que me olvidaba de fumar. Sin embargo –era diciembre –y, eso pensé al comienzo, el calor, el intenso calor, comenzó a envolverme en una especie de sueño, de sopor, de bruma. Me dormía.

Le conté a una amiga:

-Me duermo en cualquier parte.

-¿Te parece que estás deprimida?

-No sé, ¿vos creés que estoy?

-Me preocupa, así empezaron los otros, las otras.

-¿Y?

-Se suicidaron.

Me imaginé una inmensa mesa. No, mejor un inmenso banco de plaza, sí, una especie de banco mundial donde los agotados, agobiados de guerras, secretos, despechos, sin techos, lastimaduras incurables, se quedaban quietos, sentados hasta el suicidio.

-Pero yo no pensé en suicidarme, sólo quiero dormir.

-¿Hacés algunas cosas raras? ¿Distintas?

No quise decirle que comía pétalos de jazmines.

-Creo que no.

-¿Soñás?

-Casi no, pero el otro día me desperté contando las sílabas de las palabras hambre,éxodo y adicciones mientras me reía.

-Me suena grave. Yo que vos llamo al número de ayuda al suicida.

Y ahí nomás me dio un número de teléfono.



Tener un número gratuito, un número para llamar sin preocuparse de los pulsos, es realmente uno de los tantos regalos del sistema. Esa palabra me gustaba y trataba de usarla en cuanta ocasión fuera posible. Ni bien estuve sola, busqué un teléfono público y marqué el 0, el 800 y los que seguían. Esperé. Una voz dijo, no recuerdo si “hola” o “buenas tardes”, no le di tiempo a preguntar algo porque dije mi frase reiterada tantas veces este último tiempo: quiero dormir.

Desde el otro lado quien escuchaba supuso que mis dos palabras hacían un desvío, creyó que yo hablaba del sueño eterno.

-¿Cómo te dormirías? –preguntó, neutro, serio.

No era muy cómodo hablar desde este teléfono ahora que había comenzado a llover.

-¿Creés que me dejarán hablar desde un locutorio?

-Claro. Decí que llamás a ayuda al suicida.

Pero no llamé. Me fui encontrando con un montón de conocidos que, como yo, querían protegerse de tanta lluvia.



Llamé al día siguiente. No era la misma voz, entonces corté.

Durante días, en distintas horas, probaba en ese número gratuito hasta que reapareció la voz.

-Soy yo –dije- la que quiere dormir.

-No sos la única.

Nos causó gracia. De todos modos el recuperó su tono neutro- serio e insistió:

-¿Cómo te dormirías? –recalcó el “te”.

Él seguía creyendo que era yo la que causaría la acción del dormir. Le quise dar el gusto.

-Así-dije. Y ya cerraba mis ojos.

-Esperá, no lo hagas. Llamás para hablar, no para dormirte.

¿Tendría razón? ¿Buscaba esa voz para hablar o para que escuchara mi sueño?

Bajé los ojos y en el espacio del locutorio, en ese pequeñito espacio donde se prohibía fumar, encontré medio cigarrillo. Lo escondí debajo de mi pie.

El silencio se hizo largo.

-¿Estás ahí?

¿Por qué habremos dicho la frase juntos? Yo estaba en este espacio sin jazmines. ¿Habría paisaje en el lugar del ayuda?

-¿Hay ventanas donde trabajás?-

-Sí, se ve un trozo de cielo. Parece que no hay nubes.

Me dio tristeza que alguien estuviera así, solo, viendo durante horas una parte de cielo sin ninguna certeza de lluvia o de sol. Era lógico que el ayuda también quisiera dormir.

Tenía que inventarle un paisaje.

-Desde aquí se ve un árbol muy verde, si se sigue con la mirada muy lejos se alcanza a un jacarandá todo violeta. Había un pájaro, una calandria, creo. Cantó durante días sobre el árbol verde, un fresno, hasta que otro pájaro se le acercó. Hicieron su juego amoroso. Y el que cantaba, dejó de cantar. Silencioso se quedaba allí como esperando, y el otro pájaro llegaba, las alas de los dos en despliegue. Aunque desde esa lluvia grande se fueron del árbol. Se fueron así, sin avisar.

En ese momento me di cuenta de que había empezado con las mejores intenciones, inventarle al ayuda un paisaje de película y ahora le estaba contando algo triste. Pero él no se amedrentó.

-Los pájaros no hablan –dijo.

-Claro, pero podrían haberme avisado de alguna forma. Algún ruido, algún movimiento para mí.

-No sabían que vos los mirabas.

Su razonamiento me estaba irritando. El del locutorio me miraba, abusivo, usar una cabina en forma gratuita.

-Tengo que irme-dije.

-Entonces, hasta mañana.



La voz neutra-seria me seguía como el sopor. Me había olvidado el medio cigarrillo en el locutorio. No me animaba a volver. Decidí no buscar colillas por un rato. Fui hasta lo de Silvia, tal vez tendría algo para comer. En ese camino de umbral en umbral, una risa grande me nació, me gustó escucharme reír. Hubiese querido llamar al ayuda para darle un poco de ese sonido. Pero prefería demorarme, tener algo para extrañar. Y tal vez él había comenzado a extrañarme.

Me dio risa pensar que no nos moriríamos de exceso de humo. De unos cuantos dirían: muertos de hambre. No, nadie diría nada. No se hablaría, no hablarían. Sin despedidas, como los pájaros.

Se me ocurrió entrar al macdonald. Era el baño que quedaba más cerca del lugar de Silvia. Ahí nos podíamos refrescar, estar tranquilas. No había ese horrible cartel “baño para uso exclusivo de los clientes”. Pero, las personas que entran a un bar y toman un café, ¿son clientes?, ¿acaso no son-por un rato- habitantes de ese lugar? Conversan, leen, escriben en servilletitas de papel, miran por las ventanas, algunos hasta llevan un ramo de jazmines.

En el recorrido por el macdonald hasta el baño, encontré un globo suelto, perdido. Busqué al dueño del globo. Nadie parecía buscarlo. Lo fui llevando con el pie.

Estaba Silvia. Y estaba la rumana con su hijo. El globo resultó perfecto. La rumana usaba unos vestidos preciosos que había traído de allá, a veces nos prestaba su ropa y vestíamos de lo mejor. Sabíamos poco de ella. Fue maestra en su país. No nos contaba nada más. A veces nos leía poemas, los leía primero en rumano. Para que escuchen la música, decía. Después, con una tonada especial, cambiaba el idioma. Yo tenía mi preferido, me lo había aprendido de memoria: “El sueño y el despertar” de Nichita Stanescu. Al día siguiente se lo dije al ayuda:

“Nos hemos confesado uno frente al otro/el más oculto secreto: que existimos…/Pero era de noche y, ay, por la mañana, terrible descubrimiento,/ me había despertado con la sien sobre ti,/amarilla, gavilla, trigo. // Y he pensado: Dios mío,/¿qué clase de pan estaré siendo/yo/y para quién?//

Creo que le gustó tanto como a mí.

SUSANA SZWARC nació en Quitilipi, Chaco. Publicó El artista del sueño y otros cuentos (Tres tiempos, 1981); En lo separado (poesía, Ultimo Reino, 1988); Trenzas (novela, Legasa, 1991); Bailen las estepas (poesía, De la Flor, 1999); Bárbara dice (poesía, Alción Editora, 2004).El azar cruje (Catálogos, 2006). Ha escrito también teatro y literatura infantil. Recibió, entre otros, el Premio UNESCO, el Premio Antorchas a la creación artística y el Premio Concurso Intrnacional de Cuentos Julio Cortázar. Algunos de sus textos han sido traducidos al alemán, inglés, chino mandarín y catalán. Coordina talleres literarios.

10 octubre, 2008

El teatro ejemplar de la tristeza, por María Negroni

Un vampiro es un ser enamorado de su propio desconsuelo. Se aferra a lo perdido como a un escudo. En los laberintos del castillo abandonado del afecto, se lo ve deambular, cabizbajo y mudo y voluptuoso, sediento de una sed implacable, atormentado por la memoria de algo que acaso nunca ocurrió. Tanto Carmilla, la vampira de Sheridan Le Fanu, como el esquivo de Nosfe­ratu, lo saben bien: hay grandeza en medirse con las intemperies de lo anómalo. En la noche eterna, sufrir puede ser una patria.

Julia Kristeva (Soleil Noir: Dépression et mélancolie, 1987) atribuyó a la actividad de poetizar las mismas poses sombrías. Vio en ella una empresa hecha de enconos y gestos desesperados, reacia al duelo, que altera la pulsión de muerte y la vuelve mímesis de resurrección. ¿No viajan los grandes poemas siempre hacia lo indecible? ¿No nacen de rimar los lutos del lenguaje?

Como Nosferatu o Carmilla, los poetas son seres del abismo del tiempo (que es también el abismo de la falta de identidad), criaturas absortas, aferradas al castillo en ruinas de sus proyecciones, exasperadas por ver vivir eternamente lo que no cesa de morir. Por eso, tal vez, apenas hablan y, cuando lo hacen, balbucean interjecciones, ritmos, cosas olvidadas como si así pudieran acercar el sentido del cuerpo que los desterró y conjurar por una vez la noche inmóvil. En cada ataque amoroso vuelven a la pena como a un salvoconducto infalible, y renuevan un pacto que evoca servidumbres secretas: su parafernalia de crueldad conduce a cierta belleza oscura de imágenes fugaces. Toda contaminación supone estremecimientos y sombras vertiginosas. (Es preciso sobrevivir a la noche). El deseo es que las palabras, como decía Holderlin, se abran como flores. En el umbral de la nominación, el poema elige, in extremis, una desgracia edificante: se yergue, desafiante y vencido, como un viudo identificado con la muerte.

La poesía, hubiera dicho Benjamin, es un teatro ejemplar de la tristeza. Una inercia que persevera, ensimismada y sorda a toda revelación, atenta sólo al mundo de los objetos y a las lentas revoluciones de Saturno. En ella, si se mira bien, lo único activo es el ataque camuflado contra el otro instalado en el yo (o viceversa), con tal de suprimir una escisión intolerable. El juego, entre impremeditado y alevoso, da sus frutos. El poema no interrumpe su ciego deambular pero es posible que algo pueda recibir, aunque más no sea un instante, de la luz residual de esa violencia.

Duelo imposible, balbuceo, efervescencia amorosa y criminal, una saga lírica regida por un voluntarioso desamparo: la melancolía también es una estética, y la sensibilidad gótica finisecular (la nuestra) acaso sea uno de sus nombres. Detrás, como antecedente, habría que enumerar lo que otros llamaron el Bizancio anglofrancés del siglo XIX, la literatura charrogne y ese culto de la belleza manchada, emparentada con la desdicha, que popularizó Baudelaire en El pintor de la vida moderna.

Todas las variantes del vampirismo, las voluptuosidades fúnebres, las alianzas entre el placer y la tumba, la flagelación, el amor lesbiano, la atracción de lo exótico y los cuentos de terror y necrofilia que conoció el fin de siglo pasado, provienen de esta concepción de la belleza, y su physique de l’amour, saturada de ruinas, caos y estatuaria, remite al mismo universo sublunar aludido por Kristeva. La poesía, en este sentido, pertenece por derecho propio a la Biblioteca del infierno.

Vincular acedia y lírica permite, por fin, algo más: redefinir el papel que le cabe a esta última en nuestro fin de milenio. Si, vista desde la tecnología y la democracia voraz de nuestro mundo de imágenes, la poesía es un género anacrónico, no lo es desde una teoría de la tristeza, en la medida en que su gesto instaura y garantiza una distancia infranqueable con una fuente que representa el origen y/o la verdad. Al obedecer a un ritmo hecho de súbitos detenimientos, cambios de dirección y nuevas inmovilizaciones, el poema actúa precisamente una imposibilidad: la de condensar significado y significante. Una y otra vez, la isla heroica de la melancolía, como la llamó Marsilio Ficino en el siglo XV, insiste en la experiencia material y fracasa. Este fracaso es espléndido y debe celebrarse porque, con él, se pone de manifiesto lo construido (lo falso) de la verdad simbólica, dando lugar a un mundo donde la jerarquía de una visión coherente de lo real no se sostiene.

Quiebre de la noción de totalidad y añoranza incurable de algo que, acaso, nunca se tuvo, son, desde siempre, marcas de lo que se sabe en estado de extinción. La poesía, acicateada por el deseo, realiza un movimiento afín: como intrigante que, en un misterio medieval, multiplicara significaciones, arma una coreografía escrituraria y, en ese decorado, escenifica una catástrofe (una epifanía mínima y fugaz), reubicándose como un arte imprescindible de la época.

Villiers de IIsle-Adam, Théophile Gautier, Mary Shelley o Renée Vivien, supieron ya a fines del siglo pasado (en su propia sociedad moribunda, transida de progreso) que la respiración asmática, como toda ostentación, tiene que ver con la carencia. Por eso, la belleza decadente de su producción, llena de emblemas, martirios, intrigas y lamentos, como la luz que ilumina en los cuadros barrocos el dibujo oscuro de la alegoría, es un efecto de opuestos. Reducido a un estado de ruina, el lenguaje ya no sirve para la comunicación pero está tanto más cerca de lo incognoscible. A la casa de la significación, por fin, se le ha volado el tejado.

Hay una vida afectiva del verbo donde éste se decanta, pasando del sonido natural al puro sonido del sentimiento. Para este verbo, el lenguaje no es más que un estado intermedio en el ciclo de su transformación, describe el trayecto que va del sonido a la música, descomponiéndose con la lentitud de los cortejos. En este verbo, hablan la melancolía y los poemas. A la manera de una enfermedad fatal, corrompen la lengua para amplificar lo eterno de lo efímero, lo ilusorio de lo verdadero. La estética es errática. No se buscan esencias, sino monogramas que cifren misterios, alguna traición, una voluptuosidad inútil, un gabinete fantástico donde un niño pueda perderse bajo la mirada de Novalis. En este verbo, el torpor se trastoca en audacia, lo banal en contemplación de lo banal, la proclamación en cosa rota. En este verbo, la tristeza se fragua a sí misma para salvarse.


María Negroni, poetisa, ensayista y escritora argentina, nació en Rosario, Provincia de Santa Fe. Tiene un doctorado en Literatura Latinoamericana otorgado por la Universidad de Columbia, Nueva York.En poesía ha publicado: De tanto desolar (1985); La jaula bajo el trapo (1991); Islandia (1994); El viaje de la noche (1994); Diario Extranjero (2000); Camera delle Meraviglie (2002), La ineptitud (2002). Night journey (2002) y Arte y fuga (2004).Ensayos: Ciudad Gótica (1994), Museo Negro (1999), El testigo lúcido: La obra de sombra de Alejandra Pizarnik (2003). También publicó la novela El sueño de Ursula (Seix-Barral, Biblioteca Breve, 1998) y un libro en colaboración con el artista plástico argentino Jorge Macchi, Buenos Aires Tour (2004). Tradujo, entre otros, a Louise Labé, Valentine Penrose, Georges Bataille, H.D. y Charles Simic. Obtuvo la beca Guggenheim en poesía (1994), la beca Fundación Rockefeller (1998) y la beca de la Fundación Octavio Paz (2002) y New York Foundation for the Arts (2005).Obtuvo el premio del PEN American Center al mejor libro de poesía en traducción del año (Nueva York, 2001) con Islandia. Dirige, junto al crítico Jorge Monteleone, la revista de poesía y poética Abyssinia. Actualmente enseña Literatura Latinoamericana en Sarah Lawrence College, Nueva York.

17 septiembre, 2008

Ninoska Chacón(Nicaragua,1947)

El rapto de La taconuda


Calixto Hidalgo Cornavaca dejó el ombligo en las tierras del Crucero por los años 1940 y cuando cumplió sus 16 años ya era asistente del capataz de la finca cafetalera Corinto, llamado Félix Martínez, quien también era su consejero y amigo.
El muchacho era despierto y audaz ante el peligro y estaba acostumbrado a las duras labores del campo. También era muy enamorado, y para nadie pasaba inadvertido que estaba loquito por la Yelbita Payán, una guapa campesina de blanca tez y cabellos dorados que lo hacía suspirar, y por quien albergaba la esperanza de convertirla en su mujer y madre de sus futuros hijos.
Pasados los años y viendo el capataz que Calixto era un buen trabajador, que tenía voz de mando y se hacía respetar por todos los cortadores de la finca Corinto, propiedad de don Horacio Wheelock, lo nombró capataz a cargo de la vigilancia de los cortadores y todos los días verificaba que al llegar las cuatro de la tarde no quedara nadie olvidado, retrasado o escondido en el grandísimo cafetal.

Los sábados al mediodía el patrón tocaba la campana de la casa hacienda y su tañido se escuchaba hasta en el último rincón de la propiedad, acudiendo a su llamado todos los cortadores para recibir su paga semanal.

En el orden acostumbrado el patrón fue llamando a cada uno de sus trabajadores para pagarles, constatando de inmediato que faltaba Félix Martínez, quien extrañamente aún no había salido del cafetal.

Un sordo murmullo fue creciendo entre los cortadores, y algunas de las mujeres se santiguaron con temor. Los cortadores bajaron sus gorras de dominguear con gran pesadumbre en sus rostros como si presintieran algo fatal, o como si estuvieran en presencia de un difunto o próximos a asistir a su entierro. La tarde iba cayendo rápidamente y nadie se atrevió a dar un paso al frente para ofrecerse a buscar a Félix; por el contrario, habiendo recibido sus realitos salieron en desbandada hacia el campamento donde vivían y otros hacia el Boquete, lugar que distaba a unos ocho kilómetros de la finca Corinto hasta salir a la carretera, con el fin de abordar el destartalado bus que en esos años transitaba desde Managua hacia el Crucero, caserío en donde los campesinos compraban sus víveres, y también para visitar las cantinas del lugar para embriagarse y darse un buen danzón con las putas que acudían al Crucero en los fines de semana, días de pago de los cortadores.

A Calixto no le quedó otra que arremangarse el miedo ante los campesinos para no perder su respeto; tomó su machete con cacha en cruz y verificó que su lámpara de mano alumbrara bien, y con voz de macho llamó a su asistente Lorenzo López para que lo acompañara en la búsqueda de Félix, pese a que sus piernas parecían bolillos de marimba chocando entre sí del pavor que sentía ante lo desconocido.

A pesar de sus temores, comprendió que tendría que dar la cara por su amigo y también para demostrarles a todos los cortadores lo valiente que era su nuevo capataz. Se santiguó con fervor, enrolló una palma bendita alrededor de su cabeza como un cintillo y para sus adentros rezó y entró al oscuro cafetal.

A cada paso que daban, los hombres se daban la vuelta para ver si alguien los quería agarrar por las espaldas, de sorpresa, pues no sabían a qué se iban a enfrentar.

Habían descendido unos 100 metros hacia una cañada dentro del cafetal cuando escucharon a muy pocos pasos un profundo quejido o gorgoteo que les erizó los pelos del cuerpo, saturándose el ambiente con un hedor azufroso que hirió sus narices. Calixto, más pálido que una hoja de papel, levantó su cutacha en cruz y empezó a rezar con fuerza para tomar valor, pues no podía dar ni un paso al engarrotarse sus pies por el miedo. Sin embargo, la voluntad que Dios les ha dado a sus hijos es grande, y el poder de la oración lo es más, y eso fue lo que impulsó al joven capataz para buscar a Félix, quien seguramente estaba siendo atacado por “alguien”.

Avanzó unos pasos hasta casi chocar con un bulto doblado por la mitad en una rama de Guapinol, quien resultó ser su amigo. El hombre gorgoteaba tratando de desprender de su cuello los afilados huesos de unas grandes manos que lo estaban estrangulando. Calixto alumbró a su amigo y a una sombra encima de Félix, ahogándolo. Al verse descubierta por los hombres y alumbrada en lo que parecía ser su cara, una horrorosa máscara de huesos, el espanto chilló como poseído y comenzó a halar al pobre hombre desde la rama en donde estaba hacia un hueco profundo que existía entre las retorcidas raíces de un Ceibón, en donde seguramente el ente se escondía entre las entrañas de la tierra.

Entre susurros se comentaba que el espanto de La Taconuda había desaparecido a muchos campesinos que se retrasaban dentro del cafetal.

Calixto levantó su cutacha en cruz rezando a más no poder mientras su asistente Lorenzo pegaba gritos llamando a todo el que podía, como si hubieran estado más personas cerca de ellos, provocando un gran escándalo. La Taconuda dio un grito espeluznante y se metió en el hueco del Ceibón en medio de nubes de azufre hasta desaparecer, tiempo que aprovechó Calixto para cargar sobre sus hombros a Félix y salir corriendo como venados hacia la salida del cafetal.

Los días fueron pasando y el secuestro de ­­­­­­­­­la maligna fue olvidándose poco a poco. El raptado estuvo entre la vida y la muerte con fiebres que no terminaban, y para colmo cuando se recuperó constató que estaba mudo y sólo con señas se hacía entender. Pasaron dos semanas y el enfermo empezó a garrapatear unas instrucciones en papel y se las entregó a Calixto. Como el joven aún no sabía leer, acudió ante el patrón para que se las leyera. A medida que escuchaba el mensaje, Calixto se ponía verde y por último más blanco que la cal, ante los ojos suplicantes de su amigo.

El pedimento era que él y Calixto deberían ir solos al mismo lugar en donde lo había atacado La Taconuda, quien le había arrebatado su voz, y entre carcajadas le había dicho que tendría que llegar de nuevo ante su presencia para devolvérsela.

Los hombres se prepararon bañándose en agua bendita y sus rostros fueron fortalecidos durante tres días por el ayuno y la oración. Sabían a lo que iban y entraron al cafetal.

Lo que allí sucedió nadie lo sabe, sólo ellos dos y la soledad, y cuando regresaron no podían hablar. La fiebre los invadió y sus cabellos encanecieron de la noche a la mañana. A la tercera noche Félix habló y dio gracias a Dios. Agarró sus desgracias apresuradamente y corrió por el camino enloquecido hasta llegar al Boquete, y desde ese entonces nadie ha vuelto a saber de él, como si la tierra se lo hubiera tragado.

Calixto enflaqueció hasta parecer una caña de bambú y ahora usa un grueso bigote blanco al igual que sus cabellos para que nadie lo reconozca. Le cuesta hablar ante los desconocidos, y cuando duerme se despierta gritando en medio de grandes sudores. Dicen que lo de enamorado no se le quitó y finalmente se casó con la Yelbita Payán y hoy tienen muchos hijos y nietos a quienes les cuenta del rapto de Félix y de su encuentro cara a cara con la espantosa Taconuda.


Managua, 03 de enero de 2005

09 septiembre, 2008

AlinaTortosa


EL JARDIN DE LA ABUELITA ANA

Mamá me llevaba de la mano. Por momentos caminaba rápido y me costaba seguirla, por momentos caminaba tan despacio que parecía que se iba a detener. Finalmente se detuvo. - Acá vivía yo cuando era chica. Te voy a mostrar el jardín y la casa. Yo miré hacia donde miraba mamá. Vi una casa de departamentos. - Pero...- dije y la miré a mamá. Vi como sus ojos marrones se iban poniendo verdes, cada vez mas verdes, y mas grandes, hasta que en el fondo de sus ojos vi el jardín de la Abuelita Ana. Entré en los ojos de mamá. La puerta de hierro verde, verde como la verja que rodeaba el jardín, estaba entornada. La empujé. Caminé con cuidado sobre el camino de piedritas que llevaba a la puerta de entrada. No entré. Seguí el camino que rodeaba la casa para llegar al fondo del jardín. Escuché voces. Una voz cálida de mujer decía cosas que yo no entendía, y otra voz parecida a la de mi hermanita María le contestaba cosas que yo si entendía. Ahí, en el centro del fondo del jardín, estaba el árbol de algodón del que mamá tantas veces me había hablado. Se me hizo un nudo en la garganta. Bajo el árbol, juntando los copos de algodón, estaba una chiquita morocha que se parecía a mi, y un poquito a María, pero que era...mamá. Quise llamarla pero no tenía voz, solo el nudo en la garganta. La chiquita sonreía y le alcanzaba a una mujer rubia los copos que juntaba. Otra chiquita rubia llena de rulitos saltaba riéndo y gritando, - Yo no quiero juntar los copos de algodón. No quiero. No quiero. Mi tía Nita. Me dieron ganas de tirarle de los rulos y de gritar con ella. Siempre había sido la más traviesa de las dos hermanas. Mamá había sido siempre la mas obediente, "la mas aburrida", dice ella. Me llegó un olor riquisimo a torta, y me acordé que la cocina daba al jardín. Escuché que se abría la puerta de la cocina. Una señora alta, rubia, de ojos muy, muy celestes llamó a las niñas. Sentí que se me cortaba la respiración. Traté de acercarme a ella pero mis piernas no se movían. - Ali y Nita vengan a tomar el té, llamó la señora. Las palabras se me agolpaban en la cabeza pero no las podía decir. "Yo también quiero ir abuelita Ana, yo también quiero conocerte". Me fue imposible hablar o moverme. Fue entonces que me acordé de mamá y di vuelta la cabeza buscándola. Sacudí la cabeza. Mamá estaba ahí al lado mío, de pie sobre la vereda. Sus ojos eran otra vez marrones. Le corrían lágrimas por las mejillas. Seguíamos tomadas de la mano. Mi mano apretaba la suya muy fuerte.

fragmento de "EL JARDIN DE LA ABUELITA ANA y otros cuentos"
Grupo Editor Latinoamericano, 1995.

Sus libros:1995 El jardín de la Abuelita Ana y otros cuentos, Grupo Editor Latinoaméricano. 1994 Ritual Doméstico, poemas, Grupo Editor Latinoamericano. 1993 Cuentos Burgueses, cuentos, Grupo Editor Latinamericano. Centro y Periferia, poemas, Grupo Editor Latinamericano. 1992 Las piedras bajo el agua, poemas, Grupo Editor Latinoamericano.
OTRAS PUBLICACIONES entrevistas y ensayos en el Buenos Aires Herald y en La Prensa.
BECAS 1996 Ledig House Fellowship: Residencia de dos meses,
Mayo y junio, Ledig House International Writer's Program,
Ghent, U.S.A.

01 septiembre, 2008

Martha Isabel de la Colina(Chihuahua,1968)


CANDE

Tal vez mi hermana Liz tenía una bicicleta roja, de campanilla vibrátil, siempre nueva, y su boina azul no sólo pertenezca a mi imaginación. Quizá estos recuerdos que invento sean ciertos y me dejen en paz al ser reconocidos.
Me llega desde lejos el rostro de mi madre como esfinge desgastada y el eco de su voz aún resuena en la cocina. Papá en una ráfaga al irse a trabajar. Los pasos arrítmicos de Cande, seguidos por la danza sincopada de su escoba. Su cabello encrespado en alarma permanente y su risa eléctrica, desparramada en un ríspido silbar.
Había nacido un 2 de febrero en un platanar. Su madre le cortó el ombligo con los dientes, rezó dos padres nuestros y expiró al pie del árbol. Cande era su propia madre y los reatazos que la educaron no le pertenecían a nadie más que a ella, a su humor de alambique oxidado.
Tenía 31 años cuando llegó a nosotros. Cargaba dos cajas de cartón atadas con mecate y el olor al mar de Veracruz prendido al pelo. A hierro y sol metió su canto por la cocina. Su ley se hacía sentir aún bajo de las baldosas. Las cucarachas parecían imitar el bailado andar de Candelaria.
No tardó en torturarnos. Nos educaba para el cielo y la virgen de los Remedios a coscorrones y escobazos. Mi hermana Liz lo tomó a mal. El ímpetu de sus doce años chocaba con el gruñido seco y alambrado de Veracruz. Era un peligro ir a la cocina mientras ellas pelaban papas o giraban albóndigas. La ira contenida de ambas se cebaría sobre cualquier intruso.
Alguna vez intentamos decirle a mis papás que Cande nos pegaba, pero fue inútil. La verdad de Cande aromaba la casa a pino y ropa planchada. Nuestra verdad gastaba zapatos y destripaba muebles. Tuvimos que aprender a disfrutar sus castigos, y ver al pequeño Caíto colgar del tendedero cada vez que mojaba la cama. Acabé enamorado del olor a Cande. Abrazado a su delantal, podía creer que yo, su pequeño Bruno, era centro del mundo. Aún ahora, cuando bebo limonada, veo rezumar en el líquido su ácida sonrisa.
Íbamos a la iglesia como siempre, agarraditos de la mano, en cuello parado y embarrados de brillantina. Liz, de guante blanco, meneando su crinolina de flor abierta, el velo calado revoloteando en todo el sol de sus trece años. Mis papás, opacos frente al paisaje. Y Candelaria, con paso destructor, abriendo brecha al balanceo sus caderas.
Fueron segundos quizás, los suficientes para ver a Caíto chillar desde la ventana de un camión anaranjado. El lloriqueo de Liz me confirmó que algo andaba mal. Alguien trataba de robarse a mi pequeño hermano. Mi padre corrió hacia el camión anaranjado mientras los pasajeros le gritaban al chofer que se detuviera. El freno violento rechinó en las llantas y mi padre subió al autobús.
Entonces los robachicos existían. Y también sería verdad que, si te portabas mal, te llevaban a la cárcel. ¿Y cómo era un robachicos? El ser malvado cobró vida en un gandul que bajó a trompicones del camión y se perdió entre la multitud endomingada.
Para cuando mi padre salió triunfante del autobús con Caíto entre los brazos, mi imaginación ya había pintado al criminal con joroba, cicatriz en la cara y parche en el ojo. ¡Qué aventura! Ahora sí daban ganas de ir a misa los domingos. Daría gracias a Dios: tenía de nuevo a mi hermano para que Cande lo pudiera colgar del tendedero.
Eso pensaba yo cuando mamá comenzó a preguntar quién llevaba a Caíto de la mano. Liz guardaba un silencio heroico. Claro, porque Cande tenía la culpa. Mamá no era tan tonta como para permitir que nosotros cuidáramos al más pequeño. Eso era imposible.
Cande se marchó dos días después. Sin llantos ni aspavientos, sólo su resoplido de leona vieja dejaba asomar un dolor seco, salado. Se llevó sus cajas de cartón y ese aroma a sol y palma que a veces logro escarbar en la memoria. Se llevó también su régimen árido y crespo, su orden de síncopa y días disparejos.
Así fue, Cande soltó la mano de mi hermano, y es falso el recuerdo palpitante que siempre vuelve. Una canica me llama desde la acera y hace que me desprenda de la mano de Caíto. Ver a mi hermano alejarse en brazos de un extraño, esa canica más colorida que Júpiter, el robachicos sin cicatriz, sin parche y sin joroba, todos esos recuerdos son mentira.






Martha Isabel de la Colina nació en Saucillo, Chihuahua, en 1968 y cuando apenas contaba con siete años ya había vivido en otros tantas casas. Si esto la marcó de alguna manera no es posible saberlo a través de su escrituar. Ha publicado en la revista Punto de Partida, en el suplemento cultural de El Sol de México y en la obra colectiva de Los cuentos del Palacio. Tiene listos un libro de cuento y otro de poesía

30 julio, 2008

Olga Ledesma (Argentina-Azul,1956)

EL VIAJE

El tren estaba a punto de partir. Era una mañana cálida. Yo, absorta con los vagones y el humo y las corridas de la gente, lo vi llegar. Él traía un paquete con una carta firmada por los Reyes Magos; era víspera de Navidad. No lo veía desde aquel día en el que no sé por qué dejó de llegar a casa. Me miró por un largo rato y me entregó el regalo. Yo lo tomé. Se veía tan alto y lejano. Luego mi abuela y yo nos alejamos dejando atrás la ciudad. De a ratos me distraía observando los postes de luz que corrían a la par del tren. Nunca pregunté el motivo de su ausencia. Llevaba entre mis manos aquella caja larga que abrí mas tarde. Era una muñeca. Me aferré a ella y a la carta para no perderlas, cuando me sorprendió el cartel de la estación. Llegamos a la casa de unos tíos. Me invadió instantánea, repentinamente su indiferencia y entendí que solo sería un huésped en aquel lugar, nunca parte de la familia. Pasaba muchas horas en la plazoleta de enfrente. Fue allí donde descubrí que las hamacas me hacían sentir ganas de vomitar. Qué estarán haciendo mis padres -pensaba- extrañándolos, pero sin preguntar. Después de un tiempo fuimos al campo, a casa de otros tíos. Recuerdo lo divertido que era levantarnos de madrugada para ir a una quema que había cerca. El frío de la mañana, el vapor que exhalaban nuestras bocas hace de aquel recuerdo un lugar lleno de magia. Parecía que buscábamos un tesoro en medio de la basura. Era feliz con aquellos juegos pero siempre volvía a mi mundo. Recuerdo cuando nació Juancito y yo lo hacía dormir sentada en una escalerita. Cuando jugábamos con Daniel a quedarnos despiertos para esperar a esos Reyes que nunca llegaron. Extrañaba a mis padres. Me recostaba en la falda de mi abuela. Era la única que me acercaba a ellos. ¡Que lento pasa el tiempo! ¡Que lejos estoy! Un día mi abuela dijo: - Mañana nos vamos, ya le escribí a tu madre. Una vez más estaba en la estación, pero sus vagones ya no me parecían tan largos, ni el humo tan espeso, ni el viaje tan agradable. Cuando llegamos a la ciudad nadie nos esperaba. Como en un cuento de hadas, viajé en un mateo tirado por caballos. Un señor amable nos llevó hasta donde estaba ella que entre abrazos y saludos, me dijo: -Ya encontré el lugar donde vamos a vivir juntos otra vez. Él no estaba, como de costumbre no pregunté. Tampoco tenía yo aquella muñeca ni la carta, y mis reyes estarían en otro viaje.

Olga Ledesma nace en La Plata y parte con su familia tempranamente a la ciudad de Azul donde pasa su infancia. Y tiempo mas tarde retorna a La Plata donde termina sus estudios y se instala definitivamente. En el año 1987, participa en la Feria de Libros artesanales llamada Quipus coordinada por Esteban Tomas. Asiste desde 2002 al Taller Círculodefuego coordinado por Lic. Andrea Sánchez. Forma parte del Grupo Conestabocaenestemundo desde 2005. Publicó en Antología “Círculodefuego”( La Plata, 2002), poemas en plaqueta serie La voz, la sangre (La Plata, 2003), plaqueta (Bs. As., 2004), cuentos en pliego(Itinerante/ espacio de arte, 2003). Participó en la categoría poesía en la muestra "La voz, la Sangre" en el Taller- Casa del ángel en Cdad. Aut. Bs. As. en 2003/2004. Destellos-haikus (La Plata, 2007).

23 julio, 2008

Gaby Vallejo (Cochabamba, Bolivia, 1941)

A esta altura de la vida, cuarenta y dos años, tengo la tentación de encerrarme en la casa, en el “dulce no hacer nada”, de buscarme en los libros y en mis propias palabras.

Creo haber andado mucho en los últimos años, por caminos, ciudades y personas. Creo haber amado mucho, haber llorado también mucho y aprendido a soportar mi condición de ser mortal y precaria.

Habitada de un ritmo acelerado he vivido sin tiempo para lo necesario, entregada a lo urgente y he gastado así tanta vida. He perdido profundidad y he transcurrido repartida, retaceada. Y he perdido.

A esta altura de la vida quiero pertenecer más a mí. Dejarme estar para dar espacio a mi propio pensamiento: leer, echada al sol-como una gata plácida-y escribir, escribir, contarme historias.

Debo aprender a dejar a los demás que hagan la vida que yo creía estar construyendo. Siempre habrá gente que pueda reemplazarme y continuarme. No es una renuncia, es un acuerdo con la sabiduría, una reparación.

Aquí, yo sola, reconciliándome en lo necesario. Afuera, lo urgente gastando a los demás. Es su turno.


Gaby Vallejo (Bolivia), novelista, docente y crítica literaria. Investigadora de idiomas autóctonos. Ha escrito libros para niños : Detrás de los sueños, Juvenal Nina, Mi primo es mi Papá, Con los Ojos Cerrados, Sí o No Así de Fácil.




28 junio, 2008

Jacinta Escudos (El Salvador,1961)



Costumbres pre-matrimoniales


Entre Claudio y su amante hay una relación corta, de un par de meses, que transcurre sobre todo en los cafés y las pensiones, en los cines y los parques. Un amor de la calle, como piensa él mismo.
Pero pasado un tiempo, Claudio siente el deseo de llevar a la joven a su casa, porque el amor tiene diversas facetas y ésta es otra de ellas: confrontar al amante frente al núcleo familiar. Ubicar al ser amado entre las paredes de la cotidianidad. A veces el shock del contraste es tan fuerte, que el amor se rompe.
Por eso, para que Claudio pueda saber si aquella relación tiene perspectivas de convertirse en algo largo y serio, debe llevarla a casa. Debe ver cómo se mira en medio de los muebles, en el centro de todas las habitaciones. Debe presentarla ante su madre, una anciana pequeña, disminuída por la osteoporosis, arrugadísima y siempre vestida de negro, que apenas parece comprender lo que pasa a su alrededor.
Cómo puede un ser humano llegar a ese estado de indefensión en el que se encuentra su madre, Claudio lo ignora. Y le ruega todos los días a algún Dios invisible en el que cree, que no le ocurra lo mismo. Antes muerto, piensa, que ser un ridículo monigote vestido de negro a merced de la voluntad ajena.
Claudio decide, pues, invitar a cenar a su nueva amante en casa, para que conozca a mamá.La chica se entusiasma pues cree que las cosas van en serio. Mientras se arregla para la cita, la muchacha deja volar la imaginación y hasta se sorprende visualizándose casada con Claudio. Éste jamás le ha hablado de matrimonio. Tampoco de su madre, a la que imagina alta y guapa, con el rostro similar al de su amado. La recibirá sonriente y serán buenas amigas, está segura. Claudio la recoge, la lleva a la calle donde vive, hace girar la llave frente a la puerta de la casa 312. El pasillo interior es un poco oscuro y hay que encender una luz. La joven descubre que la casa es pequeña y apretada. Claudio llama a su madre a voces y la joven escucha el murmullo de una mujer que responde desde el fondo de una habitación a su izquierda.
Es la sala y allí está la vieja. La joven se desilusiona un poco. O mejor dicho, se desilusiona bastante. Teme que tendrá una aburrida velada y que apenas podrá conversar con su amante, pero trata de ser lo más encantadora posible.
Como la vieja no puede cocinar, Claudio compra comida empacada y la dispone en la loza de la casa. La chica le ayuda y se sientan los tres, casi sin hablar, a comer. La vieja insiste en que enciendan el radio.-Hoy estamos de fiesta -dice-, no todos los días ceno con una chica tan linda como usted.
La muchacha ríe. Piensa que la vieja es llevadera y que podrá convivir con ella si fuera necesario que vivieran los tres juntos.
Después de comer, los tres se acomodan en el sofá de la sala a ver televisión. Claudio se sienta entre las dos mujeres y toma la mano de la chica. Ella espera que, en algún momento, él la invite a salir o que le haga una señal para despedirse, para indicarle que deben marcharse. Entonces, mientras él la lleve a casa, podrán tener unos minutos a solas y darse, por lo menos, un par de besos.Pero las horas transcurren y Claudio no dice nada. Y ella, que es un poco tímida, tampoco quiere ser descortés e irse impetuosamente. En realidad, ella no quiere separarse del tipo, pero a él se le mira muy cómodo en el sofá, viendo televisión entre su madre y su amante.
A las 11, la vieja dice que es hora de acostarse. Los tres se levantan y la chica cree que al fin podrá salir de allí. Pero mientras la vieja camina hacia la habitación, Claudio la sigue y lleva a su amante tomada de la mano. La joven piensa que debe ayudarlo a arroparla o algo por el estilo y se deja conducir con toda tranquilidad.La vieja se sienta en la cama, se quita los zapatos, y se acuesta sobre las sábanas, con el mismo vestido que lleva puesto. Entonces le explica a la joven:
-Claudio tiene la costumbre de acostarse a mi lado hasta que yo me quedo dormida. Supongo que no le molestará acompañarnos.
La muchacha mira a Claudio, incrédula, y él comienza a desamarrarse los zapatos.
-Anda, quítate los zapatos, será rápido -le dice él, sonriente.
Ella, un poco turbada, obedece. Entonces, Claudio procede a acostarse, siempre en medio de las mujeres. A su derecha tiene a la madre y a su izquierda a su amante.
Toma la mano de la madre y la mano de la amante y se las pone sobre el pecho. Los 3 están boca arriba. La vieja le pide a Claudio que le cuente algo, cualquier cosa, para que su voz la arrulle y la ayude a dormir.
La muchacha está fastidiada por completo y cambia de parecer: no, no podría vivir así su vida de casada.
De pronto, Claudio se voltea a verla y le susurra:
-Ya está dormida.
-¿Sí? Entonces vámonos.
Pero él sonríe y le susurra en el oído:
-Hagamos el amor aquí.
-¿A dónde?
-Aquí, en la cama, con mamá dormida. Ella no se dará cuenta.
-¡Estás loco!
Pero mientras hablan, él toca, besa, muerde, y las resistencias de la muchacha se ven revueltas con el deseo, la vergüenza y la morbosidad de tener a la vieja al lado, profundamente dormida y vestida de negro, como un cadáver.
Al fin, con la ropa medio puesta, el hombre logra penetrarla y se aman con mucha más pasión de la que sienten cuando están completamente solos. Por momentos, la joven se preocupa de que los movimientos y los gemidos de ambos puedan despertar a la vieja, pero cada vez que la espía, la mira dormida, en la misma posición.
Al final, los amantes también duermen.
Así los encuentra a los 3 el amanecer del día siguiente.
Cuando la muchacha se despierta, Claudio aún duerme pero la vieja ya no se encuentra. La muchacha intenta despertarlo, pero Claudio gruñe y se da la vuelta. Ella se levanta y va hacia la cocina, donde encuentra a la vieja preparando el café.
-Buenos días señora.
-Buenos días niña. ¿Cómo durmió?
-Bien, muy bien.
La vieja sonríe.
-Sí, todas dicen lo mismo. Claudio siempre trae a sus novias a comer y luego dormimos los 3 sobre la cama. Y yo los escucho mientras hacen el amor. Así me siento revivir, me hace recordar buenos y lejanos tiempos. O dígame, ¿acaso no me miro rejuvenecida esta mañana?

...............................................................................Del libro "Cuentos Sucios"


JACINTA ESCUDOS Escritora salvadoreña (1961). Ha cultivado los géneros de novela, cuento, poesía, crónica y ensayo. También tiene experiencia como actriz y pintora. Ha sido traducida al inglés, alemán y francés.Escritora residente en la Heinrich Böll Haus, de Alemania y de la Maison des Écrivains Étrangers et des Traducteurs, de Saint-Nazaire, Francia, ambas en el año 2000.Es ganadora del Premio Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo (2003), con su novela A-B-Sudario, publicada por Alfaguara, siendo la primera escritora salvadoreña que publica bajo ese prestigioso sello internacional.
-Letter from El Salvador, (poemas, edición bilingüe inglés-español) publicación no autorizada bajo el pseudónimo de Rocío América, El Salvador Solidarity Campaign, London, England, Noviembre 1984.
-Apuntes de una historia de amor que no fue, (novela corta), UCA Editores, San Salvador, El Salvador, 1987.
-Contra-corriente, (cuentos), UCA Editores, San Salvador, El Salvador, 1993.
-Cuentos Sucios, (cuentos), Dirección de Publicaciones e Impresos, San Salvador, El Salvador, 1997.
-El Desencanto, (novela), Dirección de Publicaciones e Impresos, San Salvador, El Salvador, 2001.
-Felicidad doméstica y otras cosas aterradoras, (cuentos y crónicas), Editorial X, Guatemala, 2002.
-A-B-Sudario, (novela), Premio Centroamericano de Novela “Mario Monteforte Toledo” 2002, Alfaguara, Guatemala, 2003.

texto aparecido en http://www.bestiario.com.br/1_arquivos/costumbres.html
Algunos otros textos

15 junio, 2008

Ana María Shua-Buenos Aires, 1951

LOS DIAS DE PESCA
(fragmento)


Cuando yo era chica, en verano, iba siempre a pescar con mi papá. La caja de pesca era de madera y estaba pintada de verde. Adentro había anzuelos de distintos tamaños: los más chicos eran para pejerreyes y los más grandes para tiburones. También había plomadas. Las plomadas, en general, tenían forma de pirámide. Eran muy pesadas. Tenían esa forma para evitar engancharse en las rocas. Íbamos a pescar al muelle o al Pozo de las Burriquetas y siempre se nos enganchaba la plomada porque había muchas rocas. Yo digo “nos” pero el único que pescaba era mi papá. Es decir, el único que manejaba la caña porque en Miramar había muy poco pique. Yo tenía una cañita pero nunca la llevaba; no me gustaba usarla. Lo que me gustaba era estar parada al lado de papá. En el muelle ya nos conocían y también nosotros conocíamos a los que iban más seguido. Al Flaco, por ejemplo, que tenía el pelo rubio y las cejas completamente negras, y a un señor mayor (mayor que mi papá) que se llamaba Ibarra. Yo me sentía muy orgullosa de los conocimientos que iba adquiriendo y trataba de demostrarlos cada vez que podía. Sabía, por ejemplo, que los meros, aunque son chicos, tiran mucho y que a veces, por la forma en que se dobla la caña, uno puede confundirlos con un pez mucho más grande. Cuando alguno de los pescadores venía trayendo la línea con esfuerzo y la caña se curvaba y vibraba, yo me acercaba y le decía: “por ahí es un mero, nomás”. Sabía también reconocer a los gatazos, que son como tiburones chiquititos; los que tenían manchas oscuras se llamaban “overos”. A los gatazos les sacaban el anzuelo y los tiraban otra vez al agua. Algunas veces sacábamos un chucho. A los chuchos, me decía mi papá, hay que aflojarles la estrella porque pegan la disparada y si uno no les da línea la pueden cortar. Después se pegan al piso, haciendo ventosa. Una vez papá fue a pescar solo y cuando volvió contó que había tenido un pique increíble. Que tenía floja la estrella del ril y de repente algo (nunca se supo qué) mordió el anzuelo y pegó tal disparada que el hilo de nailon, por el roce, le quemó el pulgar. Me acuerdo perfectamente de la línea blanca de la quemadura en el pulgar de papá. Y sin embargo, mi papá se murió. ¿No es increíble? El primer tirón lo sintió en el espinazo, a la altura de la cintura, la noche después de la caída. Nunca más volvió a sentir un dolor tan fuerte. Esa mañana, en la pieza de ellos, había sábanas en el suelo y yo no sabía por qué. “Tuvo que dormir en el suelo toda la noche”, me dijo mamá. “En la cama no podía ni darse vuelta”. A la noche volvió cansado pero menos dolorido. “Levantarme del suelo me dio un trabajo bárbaro”, me dijo. Había ido al médico esa tarde. “Hernia de disco” le diagnosticaron. “Tómese unos calmantes.”
En la caja verde había también magrú, que usábamos de carnada. A veces papá me dejaba cortar el magrú, pero siempre lo encarnaba el porque tenía miedo de que me lastimara con los anzuelos. (Papá siempre tenía miedo de que yo me lastimara. Por esa época había inventado un protector de alambre que se ponía en la hoja del cuchillo para que yo aprendiera a pelar naranjas sin cortarme). El magrú tiene un olor fuerte y mamá se enojaba cuando veía la caja de pesca dentro de la casa. La guardábamos en el baúl del coche. En ocasiones muy especiales papá compraba calameretes y los ponía en el congelador: carnada de lujo. En el muelle había siempre mucho viento. Yo me ponía un pulóver muy gordo de color amarillo mostaza que me había tejido mamá y jugaba a hacerme canasta. El juego consistía en ponerme en cuclillas y estirar el pulóver, que me quedaba grande, hasta que me tapaba completamente las piernas, enganchado en el borde de los zapatos. Otra manera de protegerme del viento era ponerme contra una de las paredes de la casilla que había en la punta del muelle. Cambiaba de pared según cambiaba la dirección del viento (...)
En el Pozo de la Burriqueta teníamos más suerte. Había que bajar una especie de escalerita natural que tenía el acantilado. A mí me parecía muy peligroso y divertido. Papá bajaba primero y me vigilaba desde ahí. El Pozo era una playita angosta y bastante larga. Papá aprovechaba para practicar tiros con la caña y medir hasta dónde llegaba la plomada. Tomaba la medida con los pasos: cada paso era un metro. Yo deseaba que los tiros fueran muy largos pero nunca pasaban de los setenta metros. Me acuerdo clarito de la distancia que había entre las huellas de papá, setenta metros más o menos a lo largo de la playa. Y sin embargo, papá se murió. ¿No es increíble?.
(...)
Una vez pescamos una corvina negra con las huevas hinchadas de huevitos. Como era muy grande papá se sacó una foto con la corvina todavía enganchada en el anzuelo. La foto la tengo. Y sin embargo mi papá se murió. ¿No es increíble?.
Tuvo que volver mamá de Mar del Plata para que la operación se decidiera. Primero lo vio un traumatólogo, después un neurólogo. “Si no se opera, pierde el pie”, le dijeron. Porque papá y mamá no querían. “Está pinzando el nervio ciático. ¿Le gustaría arrastrar el pie muerto?”, le dijeron. Porque sabían que no le gustaría. “No hay alternativa”, le dijeron. “Hay que operarse”. Porque querían ver lo que tenía adentro.
Dos veces hubo pique en Miramar. Una vez fue del día del cardumen. Era un día de lluvia y estábamos aprovechando para arreglar las líneas. Me gustaban los nuditos de nailon en los anzuelos. De repente tocan el timbre y era el Flaco. “Un cardumen en el muelle”, dice, y se va corriendo. El muelle estaba lleno de gente, erizado de cañas. Había olas altas. Papá tenía miedo de que me pegaran con una plomada en la cabeza y no me dejaba que me separara de al lado de él. No teníamos la caña. Estaban los de siempre y muchos más. Era un cardumen de pescadilla seguido por un cardumen de anchoas. Ibarra había sacado cincuenta y un pescadillas y media: la otra mitad se la había comido una anchoa cuando la estaba trayendo. Las anchoas tenían los dientes filosos y parecían bravas. Las pescadillas eran más tranquilas. El cardumen ya casi había pasado y no valía la pena ir a buscar la caña. La otra vez que hubo pique tampoco pudimos sacar nada. Fue en el concurso de pesca del tiburón en el Pozo Universal. El Pozo Universal es una playa inmensa, a la entrada de Miramar. Papá no había llevado la caña pero en cambio tenía la cámara filmadora y filmaba lo que pescaban los demás. En la película yo ya no soy tan chica. Tengo un pulóver azul que me queda grande pero que no alcanza a disimular lo que me está pasando. Tengo un flequillo que me queda muy feo. Se ven muchos tiburones, casi todos hembras, preñadas. En una escena un chico morocho pisa la panza de una tiburona y salen seis o siete tiburoncitos todavía moviéndose. Él no aparece en ninguna toma, pero uno sabe todo el tiempo que está ahí nomás del otro lado de la cámara. Y sin embargo mi papá se murió, ¿No es increíble?.
El día anterior, en el sanatorio, nos pidió que los filmáramos. Habían pasado tres días desde la operación. A papá le gustaba llevar el registro filmado de todos los acontecimientos importantes: el coche volcado, el asalto de a la fábrica, mi varicela. Yo no tenía muchas ganas de filmarlo. Estaba acostado boca arriba, sin poder moverse. Tenía una aguja clavada en el brazo. La aguja estaba conectada a un cañito de nailon que salía de una bolsa llena de líquido, sostenida por un soporte alto y vertical. Pero papá se sentía mejor y me pidió que le trajera mazapán.
A los pescados el anzuelo no siempre se les clava en la boca. A veces se lo tragan y sacárselo era una carnicería, porque había que operarlos vivos. Otras veces estaba enganchado en una aleta, o en el cuerpo. En ese caso papá decía que el pescado era “robado”. Cuando íbamos al Pozo Pestilente llevábamos siempre el robador, que es un gancho grande, como un anzuelo gigante de cuatro puntas (o como cuatro anzuelos gigantes pegados). El robador sirve para levantar los pescados más pesados sin que se cote la línea. Cuando parecía que había picado algo grande papá me pedía, mientras recogía la línea, que fuera preparando el robador. Las burriquetas, cuando las sacaban del agua, hacían un ruido raro y continuado, como un ronquido. Por eso las llamaban también roncadoras. Los que aguantaban más en el aire eran los tiburones. Los chuchos también eran aguantadores, y eso que cuando papá les cortaba la cola con el pinche, les salía bastante sangre. Nunca se me ocurrió preguntarle a papá por qué se morían los pescados fuera del agua. Como no tenían nariz, me parecía natural que no pudieran respirar. A papá le gustaba mucho explicarme cosas y mientras estábamos pescando yo trataba de inventar preguntas difíciles para que él me las pudiera responder. Y sin embargo, mi papá se murió. ¿No es increíble?.
“Me ahogo”, me dijo mamá llorando que papá le dijo. Y cuando ella levantó la vista, le vio los ojos desesperados, desorbitados. Con el oxígeno no pudieron hacer nada, ni con los masajes al corazón. Ni con la coramina. No volvió a respirar. “Hicimos todo lo que pudimos”, me dijo mamá llorando. “Fue una embolia. Los pulmones” Cuando yo era chica, en verano, iba siempre a pescar con mi papá. Y sin embargo, mi papá se murió. ¿No es increíble?. Lo pescaron.

Nació en Buenos Aires, Argentina el 22 de abril de 1951. Es escritora y Profesora en Letras egresada de la Universidad Nacional de Buenos Aires.

Desde sus primeros poemas, reunidos en El sol y yo, ha publicado más de cuarenta libros. En 1980 ganó con su novela Soy Paciente el premio de la editorial Losada. Sus otras novelas son Los amores de Laurita, (llevada al cine), El libro de los recuerdos (Beca Guggenheim) y La muerte como efecto secundario (Premio Club de los XIII y Premio Ciudad de Buenos Aires en novela). Cuatro de sus libros abordan el microrrelato: La sueñera, Casa de Geishas,Botánica del caos y Temporada de fantasmas.

También ha escrito libros de cuentos: Los días de pesca, Viajando se conoce gente y Como una buena madre. Con Miedo en el sur obtuvo el Premio Ciudad de Buenos Aires en el género cuento.

Recibió varios premios nacionales e internacionales por su producción infantil-juvenil. Sus cuentos figuran en antologías editadas en diversos países del mundo. Algunas de sus novelas han sido publicadas en Brasil, España, Italia, Alemania y los Estados Unidos.

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