18 agosto, 2007

Ester de Izaguirre(Paraguay, 1923 - Buenos Aires)

EL CASTIGO

Sintió frío. Desganada fue a la cocina. Encendió el gas. Puso el café a calentar y se quedó esperando hasta que el líquido, al chillar, le cambió la mirada distraída. Lo bebió como si tuviera sed o hambre o deseo simplemente de llenarse la boca vacía, de colmarse ella, también vacía.
El salto de cama le dejaba al descubierto las voluptuosas pantorrillas. Tenía calzado un zapato. El otro, al caer, rompió el silencio del cuarto. Parecía dormida, como si el sueño la hubiese sorprendido de cualquier manera, jugando a las estatuas. Y quedó en la posición de una mujer aplastada contra el viento. Pero a no engañarse. No dormía. Con los brazos rodeaba la caja del teléfono, esperando que sonara y al fin escuchar la voz de él: voz somnolienta en al mañana, apresurada en la tarde, cálida en la noche: “¿Cómo lo pasaste? Deseo tanto verte”. No oía más que el traqueteo del reloj que a veces tenía ritmo de comparsa o repetía palabras “noteolvides”, “noteolvides”, “noteolvides”. Lo metió debajo de la almohada. Que se asfixie junto con las horas. “Nomeahogues”, nomeahogues”, “nomeahogues”. No habría clemencia. Allí tendría que aguantar hasta que él llamara.
Le pareció oír el teléfono. Soltó el pocillo y corrió. No. No era el teléfono. Era el maldito reloj que, a cualquier hora y a causa de la sordina de la almohada, sonaba a campanilla. Sonrió al recordar... Los dos estaban mirando el techo, acostados; él quizás indiferente; ella con ese sentimiento de pena que la embargaba cada vez que hacían el amor de ésta y de la otra manera y tenían que separarse.

-¿Sabés que parecés una chica de quince años? Es sorprendente; hay en vos algo intacto. Ella se rió irónica:

- Bueno, sí en mí queda algo intacto... ¿adiviná qué es?

Y en aquella otra ocasión envolviéndole la cintura con un movimiento pausado y seguro, buscándole los labios para vencerla una vez más. Y una vez más lo conseguía: nadaban en aguas profundas confundiendo sus piernas con las madréporas y con las algas sombreadas del abismo.

- Cuando se te ve caminar parecés tan alta y a mi lado sos apenas una piba.

Y otro día (y aún el mismo día) en otra oscura intimidad, la voz del hombre era breve, cortante, precisa:

- Callate. No hablés. Dejame decir a mí. A vos te puedo contar cosas como a un taxista. Además, y no sé por qué, a tu lado siento paz. Toda vos sos una negación de la ansiedad que afuera me persigue. Todos me exigen, me emplazan. Sólo vos me tranquilizás.

Y otro día y otro...

• Decime, nena, ¿yo te gusto?

• Sí, me gustás con locura.

• Con lo que te sobra...

Ella vivió años a la espera de la palabra que los hombres dicen a las mujeres que quieren. Esas que se necesitan para aguantar el absurdo: “Te amo; no podría vivir sin vos; sos lo más importante que tengo”.
Nunca se lo dijo. Nunca. Y esa nubosa tarde de invierno, al verse en el espejo algunas arrugas y una leve hinchazón de los párpados, tuvo la certeza de que no podría aguantar un día más sin escuchar esas palabras.
No necesitaba el reloj para saber que la noche había llegado. Se lo denunciaba el adormecimiento de los pregones callejeros. De pronto, como en un ataque de lucidez se encogió de hombros y aceptó el hecho de que pretendía un imposible. Pero la aceptación no duró mucho y se puso a repasar febrilmente los recuerdos... ¿Y si esas palabras habían sido pronunciadas y ella no se había dado cuenta? No. No las había oído ni en los momentos en que los hombres mienten para crear un clima propicio.
Se sobresaltó cuando oyó la campanilla del teléfono. Una, dos, tres veces. Cuánto pensó en esa fracción de eternidad. Tal vez él deseaba venir a su casa en lugar de encontrarla en el sitio de siempre: “Hoy quiere verte allí, donde vivís, porque tengo que decirte... o mejor... te lo digo ahora; a mí que tanto me cuesta decir ciertas cosas, me ocurre que no puedo callar más: nadie quiso tanto como yo te quiero”. Al fin. Ya podría envejecer. Y por qué no. Morir también.
El teléfono insistía. Levantó el tubo y no necesitó acercarlo demasiado para oír la voz impersonal:

- ¿Podría darme con Nora?

- Soy yo –musitó, derrotada.

- Me dio tu número el Turco.

- ¿Y?

- Quiero saber si tenés libre esta noche.

- Sí. ¿A qué hora te viene bien?

- A las diez en Lavalle y Esmeralda. Pero... ¿cómo te reconozco?

- Soy rubia y llevaré un tapado verde oscuro con cuello de piel –no quiso agregar “tengo cuarenta y dos años”.

- ¿Disponés de toda la noche o de algunas horas?

- Lo que te venga bien a vos.

- Y bueno, la haremos larga. Chau.

- Chau.

Colgó el auricular. Sacó el reloj de su prisión. Miró los muebles del cuarto como si no los conociera, como si acabara de despertar. Empezó a ponerse las medias según lo hacía todas las noches, con la minuciosidad con que una niña viste a su mejor muñeca. En la ventana, el guiño rojo de un cartel luminoso.

Nacida en Asunción, Paraguay, en 1923. Poeta, narradora y ensayista. Reside en Buenos Aires desde los cinco años. Publicó los libros de poemas: Trémolo, El país que llaman vida, No está vedado el grito, Girar en descubierto, Qué importa si anochece, Judas y los demás, Y dan un premio al que lo atrape vivo, Fuera de programa, Si preguntan por alguien con mi nombre, Una extraña certeza nos vigila y Morir lo imprescindible. Ha obtenido los siguientes premios: Primer Premio Municipal de Cuento; Premio Fondo Nacional de las Artes; Gran Premio Dupuytren; Faja de Honor de la SADE; Pluma de Plata del Pen Club; y el Premio Municipal de Poesía. Fue Visiting Lecturer en la Universidad Estatal de San Diego y Visiting Associate Professor en la Universidad de Irvine, California, U.S.A. Desde entonces hasta la fecha es invitada a dar clases dos ciclos por año, en varias universidades norteamericanas: Domínguez Hills, Baylor, Greeley, etc. Fue invitada por la UNESCO, París, 1983, para dictar clases y conferencias. Además invitada por las Universidades de París; Jawaharlal Nehru University, Nueva Delhi, India; Al-Azhar en el Cairo; de La Madraza de Granada (España) y en el Colegio Mayor Argentino de Madrid. Colabora en los diarios La Nación, La Prensa, Clarín, La Gaceta de Tucumán y revistas del exterior. Ha sido traducida al alemán, italiano, inglés y francés.

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