09 enero, 2007

Que las palabras extraigan y segreguen Eros, por la pura fuerza, ascética y desnuda, del acto de escribir: Tununa Mercado (Córdoba, Argentina, 1939)

Oír
(de Canon de alcoba, 1988)
-fragmento-
El amor que se oye es como el mar que se escucha en los caracoles. Los ojos no ven, la nariz no huele, las manos no tocan, pero ese mar levanta sus olas bravías en los acantilados o se serena mansamente sobre las playas. ¨Se toca¨ la divinidad, por decir que se la alcanza en una elevación mística, pero la voz de Dios se oye, es siempre un llamado que brota de las tinieblas o, mejor dicho, del silencio. Oír es saber, y haber comprendido.
Se oye a través de las puertas, o a través de las paredes; pero se puede oír más de cerca, lo que pasa en la cama de al lado. Las revelaciones atraviesan, por lo general, los muros; y llegan hasta los oídos.
¨Oír¨el amor es oír hacer el amor a dos personas, o a una sola, entregada a su propia y devota contemplación.
Una puerta que comunica dos alcobas, grande, de madera fina y lustrosa y de goznes aceitados, pero que deja colar cierto aire entre sus batientes, chiflones suaves en las noches de invierno; dos territorios que se han excluído incluyendo, en uno, a la pareja que va a ejercer el acto; en el otro, el tercero o tercera que va a oír. Ella, en este caso, no está allí por haberse elegido tercera en cuestión, ni porque ha elegido no ser protagonista directa (...) Podría, incluso, todavía aventurarse hasta la puerta, golpearla con sus nudillos, sin hacer muy evidente su intención y, simplemente, decir que no quiere estar separada de la función, que tal vez podrían arreglárselas las tres para compartir la gran cama. Pero los amores no se mendigan y la cuota que a ella le ha tocado recibir también habrá de tener sus bondades y compensaciones (...)
Agradece que se le dé la posibilidad de oír un encuentro entre mujeres que no tendrá, por lo mismo, el carácter de un forcejeo, ni de una persistencia obstinada, ni de una culminación en la que no se podrá saber quién tuvo el triunfo, ni si la simultaneidad fue algo buscado que fracasó y que el ocultamiento recíproco trató de borrar en los últimos estertores.
Está excluída sin estarlo realmente, porque las voces y suspiros que se oyen del otro lado de la puerta son insinuantes, no profieren palabras a medio tono, ni le ahorran a su oído atento ninguno de los escarceos del cortejo amoroso. La risa que se escucha ha sido lanzada para que ella la registre desde su habitación; los silencios que se producen, para concederle esa sofocada incertidumbre ante lo desconocido que se apodera de ella sin dejarle respiro (...)
Lo que oye no le ha producido todavía placer, pero el corazón le palpita. La enloquecen los paréntesis del diálogo en los que ellas seguramente se tocan o se peinan los cabellos con los dedos, o se buscan el cuello con los labios o las bocas con las bocas. Las había visto un rato antes, cuando estaban las tres juntas, intercambiar razones y, sin que en ese momento supusiera que iba a ser la silenciosa pero activa oyente de sus progresiones amorosas, se había exaltado particularmente por los límites hasta donde una de ellas dejaba llegar su sonrisa en las comisuras (...) Ella estaría mirándose ahora, con esos ojos, en los ojos de la otra, extrayendo con intensidad el secreto mensaje que había comenzado a adivinar desde horas antes, cuando entrelazarse era aún un gesto de amigas desprevenidas, y no ese abrazo que, poco a poco, las obligaba a devestirse y a tocarse sin límites (...)
Las otras habían advertido su presencia junto a la puerta, habían preferido no delatarla y estaba claro, habían terminado por incluirla como parte del triángulo. Su oído siente los roces (...) una risa disparada en la noche se le cuela entre las piernas y vibra entre sus pechos, y las palabras que a penas alcanza a captar su oído, en su boca se convierten, al repetirlas, en un eco de las admoniciones de las amantes: más suave, así, más suavemente, despacio, despacio, aún no, aún no, yo primero y después tú, te enseño una forma antigua, antigua, de amazonas, sí, ya verás, se puede, se puede, es la máxima prueba de amor, la que sólo algunas elegidas logran consumar, yo, excelente tribadista te la enseño y luego se la enseñamos a ella que, ahora, solitaria, nos escucha.

Tununa Mercado nació en Córdoba. Escritora, periodista y traductora. Vivió y ejerció la docencia en Francia. A partir de 1974 se exilió en México, desde donde regresó a la Argentina en 1987. Entre sus obras publicadas se cuentan “Celebrar a la mujer como a una pascua” (1967), “Canon de alcoba” (1988), “En estado de memoria” (1990), “La letra de lo mínimo” (1994), “La madriguera” (1996) y “Narrar después” (2003). Su libro “En estado de memoria” fue traducido al inglés y al francés.

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